
(Se entona con la serena gravedad del canto llano, cada verso una exhalación) Antes del nombre, era la calma. El pulso inmóvil que todo lo envuelve. De esa quietud fundante brota la luz callada que ahora te teje. (breve silencio) Deja al aliento hacerse río, bajando lento por la columna vertebral. Allí donde pesa la forma, el agua suave disuelve la densidad. En el sagrario de tu pecho un ascua tenue recuerda su origen. No hay que avivarla: con solo mirarla, ella expande su pulso hasta tus confines. (la melodía asciende una nota) Cada célula es un eco de aquella chispa que nunca partió. La piel se vuelve horizonte translúcido, la vieja herida, un repliegue de sol. Huesos, raíces de tierra consciente, se alinean despacio sin un mandato. La planta del pie escucha el abismo, y el abismo responde con un abrazo pálido. (pausura, casi un suspiro) La mente, ola que se creía separada, descansa en el mar que siempre fue. No hay nada que domar, solo reconocer que el océano entero se mece en tu sien. Tus pensamientos, hojas de un mismo árbol, caen sin ruido sobre un suelo fértil. El viento que mueve la copa es el mismo que teje el silencio en el centro del cráneo. (tono más íntimo, casi un susurro resonante) Duerme el ruido, despierta el testigo, ese que observa sin nombre ni edad. Es Él quien respira tu cuerpo hacia adentro, es Ella quien nutre tu respiración. No pidas permiso a la gravedad: suéltate al fluir de la savia secreta que sube, invisible, por el tallo del alma y une tu barro con las estrellas quietas. (el canto se eleva, como un rayo de luna) Todo desorden es orden plegado, esperando que el ritmo lo vuelva a extender. La fiebre, un mensaje que busca escucha. El frío, un temblor que anhela ceder. Deja que un bálsamo sin nombre discurra ahora por nervios y cauces, por plexos que brillan sin ser vistos, por médula y médula del ser que subyace. No es fuerza externa, es memoria de una salud anterior al tiempo. Tu cuerpo la sabe, tu aliento la nombra con cada sílaba de este canto sereno. (larga tenuta, la voz se vuelve casi vibración pura) A... Ah... (retorna la calma gregoriana) En el umbral donde acaba la frase, una presencia te envuelve sin dogma. No es un dios, ni una ley, ni un destino: es el latido desnudo de la vida que asoma. Ese latido es hoy tu maestro. No habla, pero restaura. No exige, pero alinea. No promete, pero te habita y te sana. Desde la planta del pie a la corona, desde la piel al hueso más hondo, una espiral de luz fría y cálida teje la unidad con hilos de asombro. Ya eres aquello que buscas: equilibrio sin lucha, fuego sin humo, jardín donde el alma y la célula conversan en un idioma único. (la voz se desvanece lentamente, como niebla que vuelve al valle) Solo escucha... y el escuchar te reordena. Sola, la quietud... y la quietud es médica. Solo el Ser respira... y en ese aliento, todo se integra.
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