Hubo noches en que miré al cielo con el corazón hecho pedazos, preguntándole a Dios por qué mis sueños se escapaban de mis manos. Lloré por puertas que se cerraron, por nombres que se fueron, por promesas que juraron quedarse y terminaron siendo silencio. Hubo risas detrás de mi espalda, corazones que creyeron vencer, amores que dejaron cicatrices que pensé que nunca iba a esconder. Y aquel hogar que un día soñé terminó perdido entre cenizas, yo pensaba que Dios me quitaba, sin saber que me estaba dando otra vida. Yo no veía el camino, Él ya conocía el final. Yo lloraba por una puerta, Él me enseñaba otra al andar. Porque Dios mueve las piezas cuando yo no puedo entender, y aunque el tablero se oscurezca, sé que Él sabe qué hacer. Entonces llegó él, después de tantos inviernos, como una luz pequeña entrando despacio en mi silencio. No llegó para salvarme, llegó para caminar conmigo. Para cuidar mi espalda, para sostenerme en el camino. Y cuando mis fuerzas faltan, cuando mis rodillas tocan el suelo, él no se aleja, me levanta del suelo. Después de tantas lágrimas aprendí algo del amor: que también puede ser refugio, que también puede ser calor, que unas manos pueden quedarse sin pedir nada a cambio, y que a veces Dios responde sin decir una sola palabra. Yo no veía el camino, Él ya conocía el final. Yo lloraba por una puerta, Él me enseñaba otra al andar. Porque Dios mueve las piezas cuando yo no puedo entender, y aunque el tablero se oscurezca, sé que Él sabe qué hacer. Ahora miro hacia atrás y ya no cambiaría nada. Ni las noches, ni las heridas, ni las lágrimas derramadas. Porque cada pérdida me acercó un poco más a la vida que hoy abrazo, al hogar que hoy puedo llamar paz. Y si alguna vez vuelvo a perderme, si otra vez mis planes se deshacen, ya no voy a preguntarle al cielo por qué las cosas no salen. Solo levantaré los ojos. Respiraré. Y confiaré. Porque ya aprendí que algunas despedidas son caminos disfrazados. Que algunas puertas cerradas guardan bendiciones detrás. Y que aquello que parece una derrota puede ser la mano de Dios cambiando mi dirección. Yo solo veo una pieza caer. Dios ve el tablero completo. Yo solo conozco este instante. Dios conoce cada movimiento. Así que si mañana todo cambia, si mi plan vuelve a caer, no voy a tener miedo. Porque ya no necesito saber cuál será la próxima jugada. Solo necesito recordar quién sostiene el tablero. Dios. Y mientras Él siga jugando, yo seguiré confiando. Porque quizá no entiendo la partida... pero confío en Sus manos. Y cuando miro al cielo, ya no pregunto por qué. Solo digo: “Dios, si Tú estás moviendo las piezas, yo estoy dispuesta a esperar el final que Tú escribiste para mí.”
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